Conceptos fundamentales: Tolerancia,
Respeto y Convicciones.
Del Programa "Convivir en diversidad". Autora: Lilian Arellano R.
TOLERANCIA. Es la consideración hacia la diferencia; una disposición a admitir, amable y comprensivamente, la legítima discrepancia, esto es, el pluralismo.
Principio de tolerancia a la divergencia: Hay diversidades de forma de ser, credos o ideas que no compartimos pero que tampoco nos agreden o atentan contra nuestra dignidad. En este caso, debemos aceptar con amabilidad lo diverso.
RESPETO. Implica admirar un valor o virtud que descubrimos en una persona quien, en ese sentido, se constituye como un modelo de vida.
Tolerar no es sinónimo de respetar.
Tolerar es permitir algo sin estar de acuerdo; sin justificar, aprobar o creerlo así; pues implica una diversidad en la discrepancia. En ocasiones, incluso debemos tolerar un mal menor para evitar uno mayor que, de otra forma, no podríamos eludir. Por ejemplo, debemos tolerar órdenes de un jefe que puede exigir más trabajo del justo o pagar menos de lo correcto, si no hay otra forma de conservar el empleo necesario para satisfacer las necesidades básicas de la familia.
La convivencia con quien respetamos nos enriquece, porque nos hace vivenciar lo valioso: su honradez, lealtad, responsabilidad, humildad, generosidad; en fin, todas las virtudes que enaltecen las almas ya con su sola visión.
De ahí la importancia de los grandes modelos: genios, santos y héroes y de los modelos con quienes convivimos a diario. Hay diversidades que sólo pueden obtener nuestra tolerancia; mientras otras, por sobre esta, merecen todo nuestro respeto, reverencia o admiración.
¿Todo es tolerable?
No. No todo es tolerable. Sólo debemos tolerar aquello que no nos quita la dignidad personal o expone nuestra salud.
Así, el niño no debe tolerar que abusen de él o le agredan. En estos casos debe pedir protección, pues a veces el hombre enferma y hace daños intolerables, menos aún respetables. En estos casos se debe explicar la necesidad de intervención médica y/o legal.
Debemos tolerarnos a nosotros mismos. No se trata de quedar sin más con lo peor de sí; sino conocer nuestros límites, defectos, discapacidades; de tal forma, no engendren desasosiego, pesimismo, depresión, desconfianza en sí mismos. Es tan malo no ponerse metas, como poner aquellas que van más allá de nuestras posibilidades.
Debemos reconocer nuestros defectos y ajustar «el que somos», con «el que deseamos, podemos y debemos ser».
CONVICCIONES.
En una educación pluralista, democrática, de diversidades, el educador tiene como misión esencial, enseñar a tener convicciones que en los momentos difíciles de la vida nos ayuden a tomar decisiones dignas de nuestra condición humana; más allá de meras posturas impensadas, emocionales o convenientes.
El respeto por la diversidad, exige una posición de vida, esto es, convicciones
Alguien podría pensar que el respeto por la diversidad requiere de una especie de neutralidad, indiferencia. Pero no es así, el respeto por la diversidad no se opone al amor y compromiso con lo que se piensa, cree, siente, asume como verdad, bien o belleza. Se puede tener convicciones y ser amable y comprensivo con las convicciones de los demás.
Ya dijimos, tolerar no es acatar, aprobar o justificar. Al contrario, sólo quien desea regir su vida por valores, sabe que ello es difícil; sabe que existe el error, que puede equivocarse (él o los demás). Es difícil el acceso a la verdad; hay que investigarla (no se encuentra a primera vista); de ahí el sentido de las ciencias, y la reflexión.
Por ello, se oponen a la diversidad y provoca violencia:
El bondadismo lleva a la arrogancia, intolerancia y falta de respeto con la diversidad.
El bondadismo consiste en calificar todo de verdadero, valioso; siempre que no nos agredan. Es una posición egoísta y no comprometida; ni con la verdad, ni con las personas que la declaran. Se trata de una posición cómoda que busca las conveniencias de no tener que confrontarse y tampoco, consecuentemente, tener que declarar equivocarse. Da lugar a la arrogancia, pues al no existir una verdad que nos trascienda y que sea criterio de corrección, de perspectiva, nos erigimos en los creadores y modificadores de ella, según los antojos o utilidades que nuestra posición nos ofrezca. De este modo, sólo se trata de posiciones personales que justificar o mantener; el error no existe; todo está bien porque nada está mal.
También atenta contra la diversidad: el talante polémico, la descalificación, el mal genio, el fanatismo, el acoso, la incontinencia verbal. Todas estas actitudes son discriminatorias.
1. El talante polémico es propio de quienes se fijan en los demás por lo que tienen de diferentes; haciendo de ese aspecto el todo e infravalorando, entonces, a la persona. Debemos educar a nuestros alumnos para que no valoren o desvaloricen a los demás por lo que tienen de diferentes, de tal forma, sean etiquetados y discriminados o no considerados por ser de tal o cual color o raza, sexo, edad, ciego, gordo, bajo, pobre, rico, provinciano, etc.
2. La descalificación consiste no sólo en reprobar una acción que realmente puede ser incorrecta sino, principalmente, quitar todo prestigio, imagen o autoridad a la persona, más allá de todo razonable argumento y sin tener la más mínima consideración. «Del árbol caído todos hacen leña», dice el refrán. A menudo, el error de alguien es dicha del intolerante; quien se alegra de la desdicha del diverso que es visto como un enemigo. Es una proyección del talante intolerante que descalifica todo argumento o acción de alguien, aunque ésta esté al margen del defecto o diversidad misma. Por ejemplo, al gordo no se le elige como amigo, aunque sea generoso, porque es gordo. Al que tiene una postura política o religiosa distinta, no se le contrata como cocinero, aunque sea excelente en ese campo y no tenga nada que ver con lo religioso o político. A quien tiene una discapacidad muscular o en sus piernas, se le deja de lado en actividades que requieren por sobre todo de una inteligencia que puede ser excepcional.
3. Mal genio es quien no tiene paciencia con el diferente, agrediéndole con palabras, gestos u obras. Debemos instar a nuestros alumnos a dominar los impulsos agresivos o violentos. Modales, palabras y gestos intolerantes, son imitados en la vida familiar, escolar, comunitaria y desde la televisión u otras propuestas masivas: cine, comic, música, sectas, juegos electrónicos (Nintendo, Play Station, Internet, etc.).
4. Incontinencia verbal: es una forma de faltar el respeto a la diversidad, por eso el incontinente habla en forma desmesurada, sin considerar la importancia del decir de los demás. Al desvalorizar a los demás no deja espacio ni tiempo para otras opiniones. De esta forma logra imponer sólo su perspectiva.
5. Acoso: es una forma de intolerancia que se manifiesta atosigando, esto es, sometiendo la persona a tal presión emocional y/o física, que ésta se encuentra imposibilitada de presentar o defender su postura. Por el contrario, quien se educa en diversidad, no impone; sugiere, insinúa.
6. Fanatismo es propio de quien no es capaz de ver la más mínima objeción en su postura. El fanático es intolerante e irrespetuoso. Es acrítico ante sí y ante los que piensan como él. No valora al diverso. Sólo recurre a argumentos memorizados, porque realmente no posee razones o creencias auténticas. El fanático divide el mundo en dos: nosotros y los otros: los equivocados o malos. El fanático es inamovible, anquilosado, rutinario, amigo de los tópicos.
Llegados aquí, esperamos pueda observar el objetivo propuesto en un principio -descubrir, aceptar y valorar la diversidad - asumido en gran parte por sus educandos; por supuesto, acorde con sus etapas de desarrollo y condiciones de existencia
La diversidad requiere del amor. Trátase de superar el afán de poder o dominio por la generosidad o colaboración.
La educación, en cuanto perfecciona nuestra existencia en vista de la confirmación de nuestro ser, exige al educador guiar a los educandos en el descubrimiento, aceptación, valoración y realización de un estilo único y diverso de ser y existir.
La diversidad exige un amor por sí mismo y por los demás; un amor que supera la tolerancia y el respeto. Sólo el amor deja ser más allá de todo egoísmo. Sólo así, los padres sacrifican anhelos no realizados que, de otra forma, proyectarían en sus hijos, dificultando su auténtica vocación y estilo de hacer la vida.
Del Programa "Convivir en diversidad". Autora: Lilian Arellano R.
TOLERANCIA. Es la consideración hacia la diferencia; una disposición a admitir, amable y comprensivamente, la legítima discrepancia, esto es, el pluralismo.
Principio de tolerancia a la divergencia: Hay diversidades de forma de ser, credos o ideas que no compartimos pero que tampoco nos agreden o atentan contra nuestra dignidad. En este caso, debemos aceptar con amabilidad lo diverso.
RESPETO. Implica admirar un valor o virtud que descubrimos en una persona quien, en ese sentido, se constituye como un modelo de vida.
Tolerar no es sinónimo de respetar.
Tolerar es permitir algo sin estar de acuerdo; sin justificar, aprobar o creerlo así; pues implica una diversidad en la discrepancia. En ocasiones, incluso debemos tolerar un mal menor para evitar uno mayor que, de otra forma, no podríamos eludir. Por ejemplo, debemos tolerar órdenes de un jefe que puede exigir más trabajo del justo o pagar menos de lo correcto, si no hay otra forma de conservar el empleo necesario para satisfacer las necesidades básicas de la familia.
La convivencia con quien respetamos nos enriquece, porque nos hace vivenciar lo valioso: su honradez, lealtad, responsabilidad, humildad, generosidad; en fin, todas las virtudes que enaltecen las almas ya con su sola visión.
De ahí la importancia de los grandes modelos: genios, santos y héroes y de los modelos con quienes convivimos a diario. Hay diversidades que sólo pueden obtener nuestra tolerancia; mientras otras, por sobre esta, merecen todo nuestro respeto, reverencia o admiración.
¿Todo es tolerable?
No. No todo es tolerable. Sólo debemos tolerar aquello que no nos quita la dignidad personal o expone nuestra salud.
Así, el niño no debe tolerar que abusen de él o le agredan. En estos casos debe pedir protección, pues a veces el hombre enferma y hace daños intolerables, menos aún respetables. En estos casos se debe explicar la necesidad de intervención médica y/o legal.
Debemos tolerarnos a nosotros mismos. No se trata de quedar sin más con lo peor de sí; sino conocer nuestros límites, defectos, discapacidades; de tal forma, no engendren desasosiego, pesimismo, depresión, desconfianza en sí mismos. Es tan malo no ponerse metas, como poner aquellas que van más allá de nuestras posibilidades.
Debemos reconocer nuestros defectos y ajustar «el que somos», con «el que deseamos, podemos y debemos ser».
CONVICCIONES.
En una educación pluralista, democrática, de diversidades, el educador tiene como misión esencial, enseñar a tener convicciones que en los momentos difíciles de la vida nos ayuden a tomar decisiones dignas de nuestra condición humana; más allá de meras posturas impensadas, emocionales o convenientes.
El respeto por la diversidad, exige una posición de vida, esto es, convicciones
Alguien podría pensar que el respeto por la diversidad requiere de una especie de neutralidad, indiferencia. Pero no es así, el respeto por la diversidad no se opone al amor y compromiso con lo que se piensa, cree, siente, asume como verdad, bien o belleza. Se puede tener convicciones y ser amable y comprensivo con las convicciones de los demás.
Ya dijimos, tolerar no es acatar, aprobar o justificar. Al contrario, sólo quien desea regir su vida por valores, sabe que ello es difícil; sabe que existe el error, que puede equivocarse (él o los demás). Es difícil el acceso a la verdad; hay que investigarla (no se encuentra a primera vista); de ahí el sentido de las ciencias, y la reflexión.
Por ello, se oponen a la diversidad y provoca violencia:
El bondadismo lleva a la arrogancia, intolerancia y falta de respeto con la diversidad.
El bondadismo consiste en calificar todo de verdadero, valioso; siempre que no nos agredan. Es una posición egoísta y no comprometida; ni con la verdad, ni con las personas que la declaran. Se trata de una posición cómoda que busca las conveniencias de no tener que confrontarse y tampoco, consecuentemente, tener que declarar equivocarse. Da lugar a la arrogancia, pues al no existir una verdad que nos trascienda y que sea criterio de corrección, de perspectiva, nos erigimos en los creadores y modificadores de ella, según los antojos o utilidades que nuestra posición nos ofrezca. De este modo, sólo se trata de posiciones personales que justificar o mantener; el error no existe; todo está bien porque nada está mal.
También atenta contra la diversidad: el talante polémico, la descalificación, el mal genio, el fanatismo, el acoso, la incontinencia verbal. Todas estas actitudes son discriminatorias.
1. El talante polémico es propio de quienes se fijan en los demás por lo que tienen de diferentes; haciendo de ese aspecto el todo e infravalorando, entonces, a la persona. Debemos educar a nuestros alumnos para que no valoren o desvaloricen a los demás por lo que tienen de diferentes, de tal forma, sean etiquetados y discriminados o no considerados por ser de tal o cual color o raza, sexo, edad, ciego, gordo, bajo, pobre, rico, provinciano, etc.
2. La descalificación consiste no sólo en reprobar una acción que realmente puede ser incorrecta sino, principalmente, quitar todo prestigio, imagen o autoridad a la persona, más allá de todo razonable argumento y sin tener la más mínima consideración. «Del árbol caído todos hacen leña», dice el refrán. A menudo, el error de alguien es dicha del intolerante; quien se alegra de la desdicha del diverso que es visto como un enemigo. Es una proyección del talante intolerante que descalifica todo argumento o acción de alguien, aunque ésta esté al margen del defecto o diversidad misma. Por ejemplo, al gordo no se le elige como amigo, aunque sea generoso, porque es gordo. Al que tiene una postura política o religiosa distinta, no se le contrata como cocinero, aunque sea excelente en ese campo y no tenga nada que ver con lo religioso o político. A quien tiene una discapacidad muscular o en sus piernas, se le deja de lado en actividades que requieren por sobre todo de una inteligencia que puede ser excepcional.
3. Mal genio es quien no tiene paciencia con el diferente, agrediéndole con palabras, gestos u obras. Debemos instar a nuestros alumnos a dominar los impulsos agresivos o violentos. Modales, palabras y gestos intolerantes, son imitados en la vida familiar, escolar, comunitaria y desde la televisión u otras propuestas masivas: cine, comic, música, sectas, juegos electrónicos (Nintendo, Play Station, Internet, etc.).
4. Incontinencia verbal: es una forma de faltar el respeto a la diversidad, por eso el incontinente habla en forma desmesurada, sin considerar la importancia del decir de los demás. Al desvalorizar a los demás no deja espacio ni tiempo para otras opiniones. De esta forma logra imponer sólo su perspectiva.
5. Acoso: es una forma de intolerancia que se manifiesta atosigando, esto es, sometiendo la persona a tal presión emocional y/o física, que ésta se encuentra imposibilitada de presentar o defender su postura. Por el contrario, quien se educa en diversidad, no impone; sugiere, insinúa.
6. Fanatismo es propio de quien no es capaz de ver la más mínima objeción en su postura. El fanático es intolerante e irrespetuoso. Es acrítico ante sí y ante los que piensan como él. No valora al diverso. Sólo recurre a argumentos memorizados, porque realmente no posee razones o creencias auténticas. El fanático divide el mundo en dos: nosotros y los otros: los equivocados o malos. El fanático es inamovible, anquilosado, rutinario, amigo de los tópicos.
Llegados aquí, esperamos pueda observar el objetivo propuesto en un principio -descubrir, aceptar y valorar la diversidad - asumido en gran parte por sus educandos; por supuesto, acorde con sus etapas de desarrollo y condiciones de existencia
La diversidad requiere del amor. Trátase de superar el afán de poder o dominio por la generosidad o colaboración.
La educación, en cuanto perfecciona nuestra existencia en vista de la confirmación de nuestro ser, exige al educador guiar a los educandos en el descubrimiento, aceptación, valoración y realización de un estilo único y diverso de ser y existir.
La diversidad exige un amor por sí mismo y por los demás; un amor que supera la tolerancia y el respeto. Sólo el amor deja ser más allá de todo egoísmo. Sólo así, los padres sacrifican anhelos no realizados que, de otra forma, proyectarían en sus hijos, dificultando su auténtica vocación y estilo de hacer la vida.
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